lunes, 16 de febrero de 2009

Tener o no tener

Es curioso pero cuando llegas al fondo de la debacle económica, hay un punto en el cual comienzas a sentirte libre. Es como un recuerdo fugaz de la adolescencia, cuando el verano no era más que una mochila, la carretera y ni un peso en el bolsillo. Entonces, un pan con tomate era la gloria absoluta y el destino, cualquier lugar posible. Algo de eso hay en el topar fondo, una especie de dejar que venga lo que venga. En eso estamos ahora, tratando de cocinar antes del corte de gas y con un contrato de arriendo falso por si llegan a embargar. No se sabe qué pasará mañana y de alguna manera nada está descartado. Es bajar un poco los brazos y soltar el control.
Hace un rato, escuchaba a Wilhem Dafoe decir en una entrevista que tanto en la fama como en la pobreza se ganan y se pierden cosas. Eres famoso, millonario y tus preocupaciones van en aumento. Hay màs cosas que asegurar, más cuentas que pagar y más casas que mantener. Eres pobre y vives un poco más libre pero no tienes el comfort que desearías. Lo terrible es que cuando tienes una cosa, siempre deseas la otra. Como dice FP: ¡Maldición, lo que perdemos lo volvemos a amar!
Ahora estoy en el polo de la insuficiencia, entregado. Mi teléfono celular recibe mensajes que dicen que me quitarán el número y yo pienso: qué tontería, para qué quiero un teléfono celular, ¡Què se lo lleven! Sé para que sirve, para trabajar más, para estar siempre disponible, para que te llamen, te ofrezcan nuevos planes, te cobren y te cobren.
En esas estamos, abandonando pequeños apegos absurdos, tratando de estar mejor. Pero mentiría si dijera que estoy absolutamente en paz abandonándome a mi suerte. Porque mi corazón salta cada vez que suena el timbre e imagino que llegan los chacales. Porque me jode no llevar a mis hijos a la playa. Pero tampoco sería todo lo honesto que quiero, si dijese que estoy completamente frustrado y angustiado. De hecho, a veces pienso olvidarme de todo y vestirme de alternativo. Salir a mochilear con mis dos hijos pequeños, comprar las bicicletas eléctricas y vender esta porquería de auto. Y aunque esos pensamientos me tranquilizan un poco, aún no soy tan radical como para aquello. Pararse en la carretera a esperar que alguien nos lleve a alguna parte. Comer cualquier cosa cuando nos de hambre y contarnos historias divertidas mientras nos dejamos llevar. Pedalear escuchando la radio, mientras fuera los autos tocan sus malditas bocinas y encienden sus luces en señal de ¡apúrate ctm!

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