Es sabido que los chilenos tenemos un marcado interés por el auto-conocimiento nacional. Supongo que la confusión respecto de la propia identidad y el empeño por su construcción serán rasgos propio de los países jóvenes, quienes al igual que los adolescentes buscan diferenciarse y resaltar como alguien único y diferente. Algunas manifestaciones de esta angustia de diferenciación presente en nuestra sociedad, pueden observarse por ejemplo en el exacerbado interés nuestro por saber cómo nos ven los extranjeros (pregunta típica en conversación con extranjeros es ¿qué te parecen los chilenos?) Otros ejemplos de este rasgo encontramos en nuestras reiteradas y discutidas participaciones en rankings y competiciones internacionales. Tenemos desde nuestros famosos triunfos en el campeonato mundial de canciones nacionales y banderas más hermosas, hasta nuestro “honroso” lugar en el listado de transparencia internacional respecto del ranking de corrupción.
En esta oportunidad, la pregunta sobre la cual me interesa dar algunas luces en este artículo, es la siguiente: ¿Somos tolerantes los Chilenos? Tolerancia según el diccionario de la Real Academia Española es “el respeto o consideración hacia las opiniones o prácticas de los demás aunque sean diferentes a las nuestras”, y también, “margen o diferencia que se consciente en la calidad o cantidad de las cosas”. Atendiendo esta idea, me pregunto, ¿acepta el chileno la diversidad, la diferencia? Mi tesis es que bastante poco, o al menos no todo lo que yo pienso que debiéramos. Somos sin duda un país con una impresionante respuesta inmediata a las urgencias de los más necesitados. Pero ¿qué pasa con el largo plazo? Vergonzantemente, nuestra visión respecto de la diversidad tiene características chatas y corto placistas. Trabajo en educación y lamentáblemente, me topo todos los días con la cultura homogenizante y marginadora de nuestros sistema educacional. Los niños problema, los niños inquietos, los inmigrantes, los jóvenes drogadictos, los de aprendizaje lento, las adolescentes embarazadas. Todos ellos constituyen grupos que van siendo segregados o discriminados en nuestra aulas, como si fuesen manzanas podridas en riesgo de generar la pudrición general. De donde deriva esta tendencia nuestra a querer que todos sean iguales. El psiquiatra austriaco Wilhem Reich pensaba que la respuesta se encontraba en la represión de nuestras emociones. Denominó Plaga Emocional al fenómeno social de desierto afectivo. Pensaba que los seres humanos producían culturalmente un sistema basado en la represión emocional, es decir en la interrupción del libre flujo de la energía (sexual) que se traducía en conductas fascistas e intolerantes. Otro elemento relacionado con este fenómeno, es la importancia, exagerada, que presenta en nuestra cultura el modelo médico como aspecto rector de la normalidad y la anormalidad. Diferenciamos entre lo normal y lo anormal bajo un prisma médico, prisma que es eminentemente estadístico, lo cual significa que lo normal es lo más numeroso, un criterio que atenta por cierto, contra la democracia y el respeto por las minorías. La verdad es que la esencia de la naturaleza es la diversidad. Si observamos con detención el árbol de limones veremos que no todos son iguales. Los hay grandes, pequeños, verdes, amarillos (unos estarán maduros mientras otros aún estan secos ) y pasmados. También habrá otros que simplemente se caeran antes de tiempo. Y está bien. A la naturaleza no le preocupa en absoluto la diferencia. Pero ahí está el hombre con su tendencia homogenizante, que le corta orejas y rabo a los perros “para que se vean bien” (últimamente he escuchado de tratamiento con Ritalin para mascotas hiperactivas). Los seres humanos somos maravillosamente diferentes, y en el espectro se encuentran unos más inteligentes otros menos, unos creativos otros menos, unos oscuros, otros claros, chicos y grandes, relajados, más tensos. Comprender este hecho constituye un cambio de postura corporal ante el mundo. No se trata solamente de la aceptación de la diversidad como un asunto propio de la educación y las buenas costumbres de un país que pretende ser desarrollado. Se trata de un cambio personal y más profundo que tiene que ver con una comprensión no intelectual de la belleza de la diferencia. Tal vez Reich tenía razón y la cura se encuentra en una liberación de nuetra energía orgónica (sexual). Por eso, me alegro sobremanera de catarsis colectivas como la Tunnick Performance de algunos años, los conciertos masivos, la visita de la pequeña gigante, la llegada de los inmigrantes y un largo etcétera de momentos y espacios que se han ido creando con los años en en este país, sacudiéndolo de su aislamiento geográfico y mental. A este país le hace falta una profunda terapia que le libere de los atascos y amarras de un largo proceso de dictadura política, social y cultural, con resabios de represión emocional individual. Dicen que Chile se ha abierto por fin al mundo. Bienvenida entonces esta apertura de país, que ojalá podamos transformarla también en en apertura mental individual.
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